Silencio en plenitud

 

Me hubiera gustado que en los Evangelios de la infancia del Señor se dijera algo más sobre San José. No se nos recoge ninguna palabra suya, pero se nos dice sencillamente que «estaba».

Aquí, en mi tierra, los inviernos —salvo raras excepciones— son suaves. El sol, aunque sea sólo un ratito, hace acto de presencia casi siempre, de forma que hasta nuestros mayores, estando bien abrigados, pueden tomarlo con gusto. Por ello corre entre nosotros un refrán que dice «El sol es media vida». Pues bien, San José, cuando surgían contradiciones o inconvenientres a la Sagrada Familia «estaba», se hacía presente, disponible, siempre en acto se sevicio. Y eso, en silencio, sin llamar la atención para nada.

Hoy, que por desgracia, en las noticias salen sucesos desafortunados protagonizados por hombres, deseo, en este breve artículo, hacer un acto de homenaje a tantos padres, obreros, oficinistas, labradores, médicos ... que «están» sin hacer ruido y que forman y son el sostén de sus familias. Vienen a ser como los rayos de ese sol de invierno... pero también como la sombra protectora en las horas del bochorno estival.

La benéfica y callada actitud de San José procedía de que era «el hombre inteligente que tenía sus ojos puestos en la Sabiduría» (Proverbios, 17 24). Y de aquí podemos deducir el mal del hombre de hoy: no tener los ojos puestos hacia lo verdadero, lo noble, lo que genera amor.

Es cierto que los ojos son unos maravillosos sentidos que nos ponen en relación con lo exterior: nos proporcionan imágenes estupendas, con colores llamativos, paisajes encantadores. Más aún, nos presentan los rostros y los gestos de las personas con quienes vivimos, nos facilitan la lectura de temas variadísimos... Pero por ello mismo tenemos que «selecionar» dónde y cómo poner los ojos; porque de lo contrario podrían hacernos daño ¡Cuidado!

Pediría a los hombres que «miren» a San José y en el silencio de su corazón se encuentren y se reflejen; y animo a los abatidos a que rectifiquen 70 veces 7, si fuera preciso.

Quiero también dar las gracias a los que un día cambiaron para el bien, ya que «la vida del hombre es gozo del corazón» (Sirácida 30 22).

Padres: que San José os ayude a unir

— la ternura con la seriedad

— la compasión con el rigor

— la relación cordial con la autoridad, ayudados y apoyados por la esposa —o desde el celibato—, colaborando en el bien del hombre y para el hombre.

San José, tu poder se extiende sobre todos nosotros. Tú puedes hacer posible lo que parece imposible. Protege con paternal amor todos nuestros intereses.

De todo corazón,

Rosario